martes, 8 de junio de 2010

Rosas rojas en Casablanca. Capítulo I




Era la tercera noche consecutiva que el camarero lo veía entrar. Se acercaba a la barra, pedía un vaso de ginebra con agua y se acomodaba en uno de los veladores del fondo, donde el humo del tabaco y los acordes de la orquesta se camuflaban discretamente con la tenue luz de las lámparas. Hablaba un correcto francés pero con un indiscutible acento alsaciano. El cabello cuidado, negro azabachado, como los ojos. La piel africanamente morena sin alcanzar la tonalidad de los baidaui. Los modales secos y fríos de un alemán, un traje de lino blanco y un poco discreto sombrero inglés sobre los ojos. Sí, decididamente aquel tipo podía haber nacido en cualquier lugar del mundo. ¿Iría buscándolo? Pronto salió de la duda.

-Por favor, amigo –lo oyó murmurar, mirando distraídamente la copa de ginebra-, ¿dónde puedo hallar rosas rojas en Casablanca?

Ahora el camarero estaba seguro. Un volcán estalló en la boca de su estómago y creyó ponerse lívido, pero no lo hizo. Giró la cabeza y señaló con la ceja a un velador vacío bajo un apartado arco del café, aún menos iluminado que el de la noche anterior.

-Gracias –dijo irónicamente-, en breve tengo un compromiso ineludible y no quisiera defraudar a mi anfitrión.

El camarero lo vio sentarse, sin quitarse el sombrero, cruzar las piernas indolentemente y mirar a la orquesta con interés. Su instinto de sabueso le confirmó que el hombre iba armado. Empezaba a sonar una canción cuya letra hablaba de un triste destino y vio al hombre esbozar una sonrisa de crueldad o de nostalgia. El nerviosismo le impedía distinguir los matices del rictus.